Una vida inconforme

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Una noche de noviembre me encontraba observando la lluvia que caía por mi ventana y decido salir a presenciar esa hermosura en persona. Por fin podía tener un encuentro conmigo misma, he estado cargada de problemas y muchas angustias. Recuerdo muy bien ese día, me sentía feliz.

—  Laura, ¿qué haces a éstas horas en el balcón? ¡Podrías pescar un resfriado! — me decía José mientras me cubría con su abrigo y me llevaba a la sala. José me preparó una taza de café con unos malvaviscos y me preguntaba que me ocurría.

— No me ocurre nada tranquilo, creo que es sólo insomnio. — le respondí, pero en realidad no me sentía muy bien.

Quizás eran los problemas en el trabajo, o algo así. José y yo llevamos cinco años como pareja, él me trata bien, no puedo quejarme, ha sabido estar en los peores momentos pero no me siento muy convencida de mi amor por él. Quizá muchas personas me juzguen, todos en la vida buscan su alma gemela o por lo menos alguien que los sepa valorar, no soy inconforme, es sólo que en el corazón decide a quién amar. Llegué de la oficina cansada, ha sido un día agotador y José me recibe con una rosa y la cena lista, fue muy lindo de su parte, demasiado diría yo, hubiese preferido una combinación de los chinos. No lo tomen a mal, estoy consciente de que fue un gran gesto, simplemente quería comer comida china. Tomé un baño y me dirigí a la sala a ver mi serie, creo que es lo único que me entretiene en estos momentos. José se fue a arreglar una pieza del auto, dijo que volvía en breve, total, estoy muy entretenida por acá. Otro día de trabajo, me levanté tardísimo, sólo pude desayunar un café y unas galletas. Ya es la misma rutina en la oficina, el jefe con problemas serios de bipolaridad, mis compañeras hablando de hombres y de especiales del salón de belleza y los compañeros del próximo “jangueo” y de cuántas mujeres llevarán esta vez. Me siento como si fuera la única persona con cerebro en este lugar, Gloria vino a mi escritorio a mostrarme los especiales y lo único que se me ocurrió responder fue: “¿De veras tú crees que me peino?, ¿de verdad crees que me causaría placer gastar de mi dinero para un maldito salón de belleza?” Me encantó ver el gesto de Gloria, se fue sin decirme nada, créanme que lo disfruté. Antes de llegar a casa llamé a José para que ni se le ocurra comprarme otra rosa ni me cocinara, ¡yo quiero mi combinación de los chinos! Me detuve en el restaurante y pedí la orden por Servi-Carro, se tardaron cuarenta minutos en despachar mi orden, que descaro y para colmo me salió todo en nueve dólares. ¡¿Nueve dólares?! Aquí cobran hasta por respirar, no, no, esto es una cosa seria.

 

Llegué a casa y le conté a José sobre mi hermosa experiencia gastando nueve putos dólares, el sólo se rió de mí, el muy imbécil. Esa noche no pasó nada interesante, sólo que mataron a la muy zorra de Amanda (la de mi serie) y me sentí muy feliz, ella no merece a Jack por Dios. Maldita sea la alergia que me da a mí por las mañanas, me daña todo el día. La alarma sonó media hora antes, tuvo que ser José el muy entrometido queriéndose asegurar de que no llegue tarde otra vez. Le soporto rosas, cenas (queriendo yo comer comida china), que se ría de mí por gastar nueve dólares pero, ¿qué me haga madrugar? ¡Eso jamás! Debería matarlo, pero no, demasiada fatiga. Detesto cuando el mendigo de José tiene razón, ¡pesqué un resfriado! Sea mi vida gris, aunque si vemos el lado positivo de esta tragedia al menos no tengo que ir a la oficina y puedo quedarme en casa viendo mi serie, comiendo palomitas y por supuesto, comida china. Llegó la noche y José fue a ver como estaba.

—Mi amor, ¿te sientes mejor?, ¿necesitas comida, descansar, sábanas nuevas, pañuelos, un vaso con agua, tus medicamentos o algo? — preguntaba José con insistencia.

—No cariño gracias. —le respondí, claro, lo que deseaba era que se fuera a dar un paseo de tres días. Yo entiendo que quiera ser cariñoso y atento conmigo, pero no tanto por favor.

Bueno al fin me recuperé, ya es sábado y dejé a José lavando la ropa. Ya se acerca la Navidad y ya todas las tiendas tenían adornos navideños  y estaban repletas de regalos. Me detuve en una joyería para comprarle a mi madre un presente, quizás un collar o algo así. Voy envuelta en la música y al salir había dejado mi billetera en el cristal cerca de la caja registradora, un caballero me había seguido para devolvérmela.

—Dama permiso, su billetera se quedó en la joyería y he estado tratando de alcanzarla para devolvérsela.  — dijo el caballero sonriéndome.

No les negaré que no se veía nada mal, se notaba que era mayor, pero eso es lo de menos. Era alto, de ojos marrones pero muy hermosos, sonrisa perfecta, barba y buen cuerpo, era muy apuesto.

—Muchas gracias, ha sido muy gentil, ¿habría una manera de recompensarlo? — le respondí.

—Quizás si aceptara una pequeña invitación a tomar café podría recompensarme. — decía, brindándome la invitación.

Obviamente, la acepté y nos dirigimos a un café muy lujoso, nunca había pasado por allí. Se notaba a leguas que era un hombre de clase, gracias a Dios que ese día me peiné. La pasamos bien, pero se nos olvidó un pequeñísimo detalle, no intercambiamos números telefónicos, ni siquiera nombres. ¡Qué más da! Debo conformarme con el naco de mi novio que parece una lapa encima de mí. Si José hubiese sido el caballero de la invitación, nunca me hubiese invitado a tomar café, quizás me hubiese llevado a chupar “limber” de coco.

Lunes otra vez que pesadilla, de tan sólo pensar que Gloria llevaría los nuevos especiales me da dolor de cabeza. Mejor me recojo el cabello y así me evito ver cupones de descuento en secado y planchado en mi escritorio. Hoy me levanté temprano, por nada en especial y decidí desayunar en el restaurante de la esquina de mi edificio. Para mi sorpresa estaba el misterioso caballero desayunando café con tostadas, me pareció raro, hasta pensé que me espiaba pero no, cosas el destino. Me senté en una mesa aparte  para disimular pero me vio y se sentó en mi mesa.

—Buenos días, ¿te encuentras bien? — me preguntó.

—Sí, muchas gracias. No sabía que frecuentabas estos lugares. — le respondí.

—A veces, soy una persona de mente abierta, por que luzca así no significa que sólo asista a lugares caros y lujosos. Siempre es bueno recordar de dónde salimos. – me respondió.

Nos quedamos unos minutos hablando pero esta vez sí intercambiamos nombres y números telefónicos. No conocía mucho de Rubén pero las dos veces que habíamos compartido juntos había disfrutado más que cinco años de relación con el méndigo de José que sólo sirve para lavar ropa. Le había contado a Rubén sobre mi relación con José y estamos claros que es sólo una amistad, por desgracia. Tantos mensajes me acabaron la batería del teléfono y cuando llegue a casa y lo cargué tenía  cuarenta y seis llamadas perdidas, veintitrés mensajes y treinta mensajes de voz. Después me preguntan por qué quisiera asesinar a José y tirarlo de un quinto piso. Cuando ya le iba a escribir que estaba bien apareció con una patrulla de policías y corrió a abrazarme gritando: “¡qué bueno que estás bien, pensé que te había perdido mi amor!” José seguía gritando y llorando como un completo idiota, sinceramente me dieron ganas de golpearlo y escupirle un ojo. Despedí a los policías y le expliqué lo sucedido. Al menos José no era celoso, y eso es bueno, no me gustan los celos y tomó todo bien, al parecer. Martes a las 6:25AM voy saliendo de mi edificio y me encuentro a Rubén en el lobby.

— ¿Qué haces aquí Rubén? — le pregunté extrañada.

—Buenos días Laura. Ya sé que te parecerá raro pero rastreé tu teléfono para acompañarte a tu trabajo.  — me dijo.

¿Qué le pasa? Comencé a pensar que ya no era nada del destino y que era más bien que ya tenía dos imbéciles detrás de mí como una perra en celo. Dejé que me acompañara pese a tanta insistencia de su parte. Al medio día recibo una llamada telefónica de él, pero la ignoré. Luego me envió una invitación a almorzar por mensaje de texto que tampoco respondí. Pasó aproximadamente una hora y media y no salí a ningún lado, capaz de que me esté esperando en el estacionamiento. Queriendo salir de un idiota acabo de meterme con otro, esto no puede ser más peor aún. Justo acabando de pensar eso llega Rubén a mi cubículo con una combinación de los chinos, debo admitir que fue hermoso ver comida china en mi escritorio, pero no fue tan fascinante ver su cara.

— ¿Qué tal Laura? Noté que no respondías mis llamadas ni mensajes así que supuse que estabas ocupada así que decidí traerte la comida hasta aquí y que ambos almorcemos.— me decía Rubén. — Que lindo de tu parte de verás, muchas gracias pero no debo aceptar visitas, con gusto puedes dejarme la comida y te hablo luego. — le respondí.

Rubén se fue y dejó la comida, fue lo único bueno que hizo. ¡Éste es el colmo! Resultó que el bello galán es un psicópata, como dice el refrán: “el que no tiene dinga, tiene mandinga.”

Llegué a casa, tomé un baño, cené y luego me acosté, para mi sorpresa no tenía ni un mensaje de Rubén.

— ¡Se habrá muerto! — pensé, o quizá se dio cuenta de que ya me estaba hartando.

Mi relación con José iba más o menos, yo lo quería pero no sentía amor hacía él, era una relación como de amigos. Viernes salgo temprano del trabajo y me alisto para ir a correr al parque, en eso recibo un mensaje de Rubén. “Hola Laura. ¿Cómo andas? Esperaba que pudiéramos dar un paseo juntos.” Le respondí que no podía aceptar su invitación ya que tenía una reunión con mi jefe, en realidad iba a correr pero no quería verlo ni en pintura. ¡Se nota que está llegando Navidad! Está comenzando a hacer frío, me detuve en la banca a tomar un descanso.

— ¡Laura, que bueno verte! Pensé que estabas en la reunión con tu jefe, al parecer se canceló, ¿no?  — me preguntaba Rubén. ¿Qué está sucediendo aquí? ¡Esto no puede ser! Creo que esto está sobrepasando mis límites.

— Sí, se suspendió. — le respondí con una sonrisa sarcástica.

— ¿Deseas que te lleve a tu casa? — me preguntó.

— No gracias, conozco el camino. – le respondí. Que mala suerte tengo yo con el amor, siempre termino fijándome en idiotas.

Pasó una semana y Rubén seguía buscándome, tuve que cambiar mi número de teléfono. No conforme con eso fue a buscarme en mi trabajo, pero yo no estaba. Gloria (la de los malditos especiales) me llamó para notificarme que un tal Rubén Martínez había pasado buscándome y que no me preocupara por que irá a buscarme a mi casa. ¡Ay no puede ser! Hoy quiere venir a mi casa cuando precisamente José tiene el día libre, tendré que llegar a tiempo antes de que aquel psicópata sea capaz de cualquier cosa.   Cuando llego a mi casa veo estacionada la guagua de Rubén y sentí que me moría en aquel momento.

— Hola mi amor. Creo que ya conoces a Rubén, vino buscándote pero no estabas así que lo invité a tomar asiento. — decía José. Maldita sea la vida de José y cuando tiene ganas de entrometerse.

— Sí, espero que estés bien Rubencito, ya llegué así que podemos irnos.  — respondí con una hermosa sonrisa, pero bien sarcástica, demasiado.

— ¿Irnos?, ¿pero para qué si acabo de llegar? José me ha caído muy bien. — seguía diciendo el maldito psicópata. Juro que ese día sentí ganas de asesinarlo con mis propias manos y ver su sangre derramar por la carretera porque en mi casa no, tendría que ensuciar mi mapo y eso sí que no.

— Laura y yo somos muy buenos amigos, demasiado diría yo. Hemos salido a correr juntos, almorzar, tomar café, desayunar, entre otras cosas. —le contaba a José.

— ¡Sí, salidas de vez en cuando, es que Rubén es tan buen amigo, no me atrevería a dejarlo plantado mi amor! — interrumpí antes de que José dijera algo.

— Oh, qué bien. Me alegra mucho que mi novia tenga tan buenos amigos como tú que la apoyen.  — respondió José. ¿De qué granja saqué yo a este becerro? ¿No se da cuenta éste inútil que Rubén quiere conmigo?

— Bueno, Rubén creo que ya es tarde y debes irte, luego habrá mucha oscuridad y el camino es lejos. — insistí para que se fuera.

— Cariño, ¿por qué no invitas a tu amigo a cenar? Sería bueno estar en buena compañía.  — sugirió José.

— Ay cariño relájate, Rubén es un hombre muy ocupado de seguro tiene mejores cosas que hacer. — le respondí esperando que Rubén me siguiera la corriente.

— Fíjate que suena magnífica idea, complaceré a mi nuevo amigo José.  — aceptó Rubén.

Mi vida no puede ser aún peor. Estábamos cenando, al menos Rubén estaba controlado y ya no decía cosas comprometedoras. En eso suena el pito del horno, ya el pastel estaba listo así que me retiré de la mesa para servirlo. Rubén pide unos minutos para ir al baño pero se desvía y va hacia la cocina, mientras estaba de espaldas decorando el pastel me abraza y me dice que no grité al oído.

— Rubén, por favor contrólate, tengo novio y él está aquí, tu y yo somos amigos y lo sabes. — le suplicaba a Rubén.

— Querida, no sabes las ganas que tengo de estar contigo desde el primer momento en que te vi, ¿por qué no me quieres? Te he dado todo y es hora de recibir algo a cambio. — me respondió.

Rubén me tomó de la cintura y me besó a la fuerza, intenté sacarlo de encima pero él hacía mucha fuerza. Traté de gritar lo más que pude y llegó José corriendo a ver lo que pasaba. “Ni se te ocurra tratar de hacer nada” – le dijo a Rubén a José. José se lanzó hacia él para golpearlo pero Rubén lo esquivó y le dio un golpe que lo lanzó al suelo. Tomó un cuchillo de las gavetas de la cocina e iba a herirlo, en eso tomé la botella de Champagne, la rompí y lo golpeé en la cabeza quedando inconsciente. Llamamos a la policía, hicimos las declaraciones correspondientes y se llevaron a Rubén, ¡por fin me libre de ése demonio!

No fui a mi trabajo por dos días en lo que todo se estabilizaba. Ese día me peiné y arreglé muy bonita. Cuando llegue a la oficina mi escritorio había sido ocupado por un infeliz que al parecer se llamaba Thomas Miller o al menos eso decía en el escritorio. Comencé a tirar sus cosas al suelo.

— ¡En esta oficina son todos unos irrespetuosos, no asisto dos días y ya un imbécil ocupa mi lugar! — gritaba. De pronto llega un galán, éste si parecía de novela y me cegó por completo.

— Lo siento. ¿Eres Laura? Mucho gusto me llamo Thomas Miller y soy nuevo en la empresa, creo que cometieron un error y me enviaron al cubículo equivocado.  — decía Thomas.

— Tranquilo, los errores pasan. Perdóname tu a mí por lanzar tus cosas al suelo. — le decía.

— No te preocupes Laura, si quieres te ayudo a tirar lo que falta y luego lo recogemos. — decía mientras se reía.

— Me parece bien. —  me eché a reír yo también. Ya llego el medio día y Thomas se dirigió hacia mí.

— Laura, ¿vas a salir a comer o comerás en la oficina?  — me preguntó.

— Bueno no lo había pensado, ¿qué harás tú?

— Yo estoy pensando en ir al restaurante chino del primer piso, me hablaron de ahí y me dijeron que es muy bueno. — me contaba.

— ¿De verdad? Bueno, ese es mi restaurante favorito, si quieres vamos y te enseño el lugar.  —le propuse. Thomas y yo nos encontrábamos en el restaurante hablando, la comida estaba exquisita como siempre. Llegó la tarde y nos despedimos, todo fue muy tranquilo.

Pasaron seis meses de la llegada de Thomas a la oficina, habíamos almorzado ya cuarenta y cinco veces y nada había pasado, ni tan siquiera me había pedido mi número de teléfono. Llegó el mes de julio y Thomas me pidió mi número, me dijo que estaba organizando su fiesta de cumpleaños y que estaría invitada. El día antes de la fiesta gasté casi mi salario en ropa, zapatos y accesorios para el evento, también le compré un reloj carísimo como obsequio. Siento que el es ideal para mí, es divertido, es sarcástico, ama ver series como yo, le gusta la comida china, trabajamos en lo mismo, es amable y cariñoso, pero no al extremo, es perfecto. Al día siguiente me baño, me visto y me alisto para el cumpleaños, cuando llegue nadie me reconocía.

— Te ves hermosa. — decían todos. A mí no me importaba su opinión, sólo vine por Thomas.

—Laura, ¿cómo estás? Qué bueno que pudiste venir, te presentaré a mis amigos.  —me decía Thomas. ¿Pero qué le pasa? Todos me han dicho lo hermosa que me veo menos él, pero nada, quizás sólo es que no se atreve.

— Esta es mi mejor amiga Patricia.— me presentaba Thomas.

— Hola Patricia, mucho gusto soy Laura, compañera de trabajo de Thomas. — le dije.

— Ven Laura, te presento a Harold, es como mi hermano. — continuaba presentándome a sus amigos.

— ¡Hola, que tal! – saludaba sarcásticamente.

— Por último éste es Ronaldo, mi novio hacen tres años. – dijo Thomas.

— ¿Novio? Oh, qué bueno me alegro mucho, un placer.

¡No puede ser! El hombre de mis sueños es homosexual y tiene pareja para colmo. Sea mi vida gris, me despedí de todos y me fui, no quería saber nada. Recordé que había dejado al pobre de José sólo en casa viendo las noticias. En eso José me envía un mensaje: “¿Podrías regresar un poco más temprano? Debemos hablar”. No me pareció raro, a veces José y yo tenemos charlas estúpidas antes de acostarnos pero seguí para la casa a ver que quería.

— Siéntate. — me dijo José.

— Quizás ya lo sabías, o no te habías dado cuenta, pero he cambiado contigo. —decía José.

— Ahora que lo mencionas, es verdad, no me había dado cuenta, no eres tan detallista conmigo como antes, ¿por qué? — le pregunté.

— De eso precisamente quiero hablar contigo.  — me respondió.

— Rebecca, ven. – llamó José a una chica que estaba en la cocina.

— ¿Quién es ella? – le pregunté.

— Verás, Rebecca es mi pareja hacen tres meses atrás. Hemos compartido juntos, y me he enamorado de ella. Por eso quiero pedirte disculpas por esto. Nunca fue mi intención hacerte daño, espero algún día me perdones. Ya recogí mis cosas y me iré esta misma noche. — me decía muy apenado.

Honestamente sentí un nudo en la garganta, me sentí culpable, mientras estuve detrás de dos hombres que no valieron la pena, tenía uno que estaba para mí en las buenas y en las malas. Quizás lo amé  y sólo hacía falta que pasara esto para poder entenderlo. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y yo perdí un gran tesoro.

Angélica D. Serrano Román

2015 ©Derechos Reservados de Sarcasmo Intelectual

 

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