Dos mil trece

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— “¿Y Abby?” — dijeron en bonche, mientras reían.

— “Ella fuese linda si no tuviera la nariz tan grande.” – dijo Luis.

Mi nombre es Abby. Estoy en sexto grado, a punto de graduarme de la escuela elemental. Mi vida es algo complicada verán, he pasado por mucho. Soy una persona inteligente y bien responsable con mis estudios, me enorgullece que mami se sienta a gusto con mis calificaciones. Es buena, siempre está ocupada, pero sé que quiere lo mejor para mí. Yo era “la chica M”, la que tenía las cejas unidas con una cola de caballo todos los días. No le veía nada de malo, en realidad no lo era. Sólo era una niña de doce años que vivía feliz. Recuerdo cuando en tercer grado unas chicas en las escaleras de mi escuela me intentaron escribir “Loser” en la frente, eran como cinco, pero no pudieron. Creo que ya me acostumbré, ¡y qué más da! Faltan sólo meses para largarme de aquí.

Tenía un amor platónico en mi salón desde tercer grado, Eduardo. Mami lo sabe, y él también me quiere, sólo que le dá vergüenza andar conmigo. Lo entiendo, muchas niñas andan detrás de él, incluso hasta mis amigas, sólo que no saben que yo lo sé. Mi madre siempre me había criado en la religión, mi vida giraba en torno a ella, incluso no sabía de otras canciones que no fueran las religiosas. Una vez escuché a un cliente de mami preguntarle: “¿Y tú le has preguntado a tu hija si de verdad eso es lo que quiere?”. Wow, nunca lo había tomado así, es la verdad, vivía conforme a la vida de mi madre.  Día de graduación, ese día todos tenían que ver conmigo. Después de tantos años de burlas y desprecios, todos quedaron fascinados por cómo me veía, ¡no me parecía! Hasta Génesis, con la que siempre  he tenido problemas en la escuela, se tiró una foto conmigo. Fui Alto Honor, ¡y que envidia para todos! Cuando casi terminan la ceremonia, hacen mención de una medalla muy especial, que sería dada a una persona que la merezca por servicio a la comunidad o labor comunitaria, donada por el Club de Leones. Al principio lo tomé algo extraño, ¿quién ganaría ese premio? Cuando la profesora de matemáticas comienza a relatar el por qué esa persona fue escogida, me di cuenta que me estaba describiendo. Todos quedaron impactados conmigo, la medalla era gigantesca, igual del tamaño que la medalla alcalde. Ese día estaba mi madre, padre, abuelos maternos y paternos y mis bisabuelos. Esta es una nueva etapa, entraré a la escuela Intermedia. El problema es que me separaré de muchos de mis compañeros, ellos irán a la escuela pública y yo a un colegio cristiano, aunque quedaba cerca uno del otro. En las vacaciones que tuvimos me tomé a la tarea de hacer nuevas amistades por Facebook,  por que no conocía a muchas personas, en eso conozco a Jeanne. El primer día de clases estaba muy emocionada por que vería por fin a mi amiga.

—“¿Ustedes han visto a Abby? Tiene pelo negro, es trigueña…” — escuchaba decir a Jeanne.

—“Aquí estoy. ¿Tú eres Jeanne?” — le pregunté.

—“Sí, dale vamos.” — me respondió.

Jeanne es súper, ella había estado en el colegio desde pequeña y lo conoce completamente, es la perfecta para ayudarme a adaptarme. Gracias a ella conocí a Carolina, Kathy, Ashley y Madeleine. Me encantaba el colegio, era súper bueno, excepto por las de octavo y noveno grado, que al parecer el dinero las ponía ridículas. Las cosas tomaron un giro, comenzaron a cambiar.  —“Tu caminas como si estuvieras modelando.” — decían. Yo no quería que dijeran esas cosas, cambié mi forma de caminar. Siempre había caminado así, en realidad nunca nadie me había dicho eso antes. En los “Casual Day” las criticas venían también.

—“¿Tú  no tienes pantalones?” —me preguntó un chico.

—“Claro que tengo, mira.” — le respondí.

— “Pero eso no, skinny. Los pegaditos. ” — me dijo.

Oups, soy la única que no tiene pantalones “skinny”, así que tenía que comprar, tenía que estar como mis amigas. No sabía ni que rayos era eso de “skinny”, pero bueno. Cuando fui con mami a las tiendas, eso fue lo primero que pedí. Me pasaba con muchas cosas, es como si me hubiesen tenido en una casita de cristal por años y ahora es que por fin salí. Para ellos es tan normal y yo ni sé de lo que hablan. Un día en los asientos de la cancha ellos estaban con los audífonos escuchando música de reggaetón. ¡Qué sé yo de eso!

—“Loca, ¿tú sabes de Cosculluela?” – me preguntaron.

—“¿Y quién diablos es ese?” – les pregunté.

—“Loca, ¡¿es enserio?!” — me preguntaban histéricas. Totalmente, soy una chica súper sana que sólo sabe de estudios y es una “nerd”.

Lo próximo fue mi vocabulario, era muy “sanana” hablando, no tenía ni siquiera malicia.

—“¡Pero dí puñeta! Loca habla malo, tu eres tan sana, Dios mío.” – me decía Jeannie, y las otras le seguían.

—“Puñeta.” – respondí.

—“Pero no, ¡con fuerza, con motivación! ¡Puñeta!” —continuaba.

Otro cambio en mí. Ya no caminaba igual, no vestía igual y tampoco hablaba igual. ¿Quién era? Perdí mi identidad, ¿o nunca la tuve? Pasó el tiempo, mi madre no las veía igual. Sentía que me estaban haciendo daño, y en realidad sí, me dejé llevar por la presión de grupo. ¡Cuántas veces las defendí!  Lo daba todo por ellas, yo las quería. Ellas eran como mi nueva vida. Pasó tiempo y mis amigas me daban la espalda y me llamaban cafre. ¿Cómo van a llamarme así si soy como ellas? Todo lo que yo hacía era mal, o ellas eres mejor que yo. ¡Gracias a Dios que era un colegio cristiano! Esas amigas eras las que me vacilaban y me humillaban en la escuela, estaba sola, todas se fueron. Mi única amiga era Edith, y a ella también la trataban como una sobra de comida. Mis ahora ex-amigas eran de gran influencia en la escuela, por lo que muy pronto toda la escuela pasó a odiarme y humillarme cada vez que podían. ¡No aguanto más! Primer intento suicida: las tijeras. Estaba en el baño de la escuela y mi amiga Edith lo impide. Me refieren a la oficina del trabajador social. Nunca he confiado en trabajadores sociales, jamás, pero éste me obligó a hacerlo. Le rogué que no contara lo que había sucedido, en dos horas como mucho, ya había llamado a mami. Éste me refiere a ver una psicóloga. Ella me pide que le cuente todo lo que ocurría. Le confesé que en realidad no quería vivir, he sufrido tanto en tan poco tiempo de edad.  Esto ocasionó que me refirieran a un hospital. Ese mismo día me llevaron, estuve muchas horas en la sala de espera, dije que quería morir y ahí comenzó todo. En ambulancia hacia el Hospital Panamericano de Cidra, Puerto Rico, para que no pudiera escaparme. Un lugar  de mala fama, caracterizado por ser “para locos”. Muchas horas esperando, si entrabas no podías salir. Me entrevistaron y  tenía que quedarme. Me escoltaron hasta mi área: “Adolescentes”. Era de madrugada, tenía que quitarme la ropa delante de una mujer para que me verificara, fue un momento súper incómodo. Como no sabía que me dejarían no había traído ropa, mami tuvo que salir a comprarme unas cosas y regresar. Buenos días para mí, amanecí en un lugar desconocido y con muchas personas extrañas. Ese lugar es uno con muchas reglas, y protocolos. Por ejemplo, tus zapatos no pueden tener cabetes, y tu ropa debe estar con nombre. Para afeitarte, debes tener a un personal afuera de la bañera vigilando que no pase nada ni intentes mutilarte. Habían tantas personas con problemas, menores y mayores que los míos. No debo negar que fue una de las experiencias que marcaron mi vida. Estuve aproximadamente allí de dos a tres semanas. Me había enterado de tantas cosas que habían pasado en casa que hasta a mi madre odiaba, no quería ver a nadie. Mi novio tenía que llamarme al hospital, sólo tenía cinco minutos y para eso tenía que esperar a la hora de las llamadas. Salí de allí, se supone me quedara más, pero mi tía se iba a casar y yo quería ayudarla. Salí, hacía mucho tiempo no veía la luz, fue algo extraño. Todos me recibieron bien, pero la felicidad no duró mucho. En el hospital me daban medicamentos y entre ellos uno de agresividad, al no tomarlos no era yo. Esa noche tampoco la olvidaré, estaba en mi cuarto con la luz apagada gritando y maldiciendo. Quería regresar al hospital, esa era mi casa. Sentía que allí todos me entendían, porque habían pasado por cosas similares  a las mías. Mami y yo discutíamos fuertemente, tuvo que llamar a mi tío, quién es trabajador social. El intentaba ayudarnos, pero no era yo. En el “hala y hala”, mami lanzó puños a “lo loco”, y la empujaba para sacarla. Ella dice que le dí, en realidad no recuerdo eso, aún es la hora que no lo creo, pero aparentemente pasó. Ellos prometieron llevarme de vuelta al hospital, pero me dieron los medicamentos y me quedé dormida en el sofá, porque ese día también había querido cortarme con unas navajas.

Pasó el tiempo y me tocaba regresar a la escuela. Cuando llegué todos me decían la loca, en tono burlón. Me humillaban y me hacían sentir mal. No quería estar allí. Le rogué a mami salirme de la escuela, no podía. Adicional mi novio había regado por toda la escuela todo lo que había pasado. Tuve que tomar el octavo grado por módulos. Quería tener una graduación y “Class Night” como todo el mundo, así que decidí regresar a la escuela en noveno grado, pero ésta vez, la pública. El primer día pensaba que encontraría amigos pronto, puesto a que había estudiado con la mayoría de ellos desde elemental, pero no. Sólo una compañera me apoyó ese día, la misma que más adelante me odiaba. Su gran odio venía a raíz de que me creía mejor que nadie, en realidad no, era solo por ser inteligente y tener buenas notas.  Las burlas continuaban en noveno grado, hasta por cómo me ponía las medias. Desde octavo grado sentía una atracción fuera de lo común por las chicas, ese mismo año tuve una relación con una mujer, Andrea. Estuve con ella aproximadamente cinco meses. Esto provocó más burlas y apodos dolorosos. Ya no era Abby, era “La pata”. Se paraban bonches de personas a preguntare y humillarme insinuando de cómo podría tener sexo con otra mujer, que como no me gustaba el pene, que debería probarlo. Incluso, llenaron condones con agua y me los daban. Un día fui al baño de las mujeres y en la pared decía: “Abby es pata” y abajo “Claro, ¿no lo sabías?”. Esto provocó tanta furia en mí. Yo odiaba a los hombres, el primer hombre que me falló fue mi padre, y aún me continúa fallando. Hasta mi abuela un día me dijo: “Yo espero que  no me salgas pata.” Los compañeros paraban a decirle a todos lo patísima que era y me señalaban. Las mujeres, mis compañeras no me hablaban, me tenían asco.

—“Es que si ella me toca o se me acerca, ¡ay bendito!” — decían.

Ya me graduaba de noveno grado. De 3.97 de promedio pasé a 2.97. Mis estudios, mi futuro se había ido junto a mi. Cuando me gradué de noveno grado, fui a la escuela superior del pueblo.

—“Una nueva escuela, un nuevo comienzo.” — pensé.

—“Este año no permitiré que nadie más me humille.” — me dije a mi misma. Para mi sorpresa, ya la mayoría me conocía o habían escuchado de mí.

Tenía un amigo en esa escuela, él era “Senior”. A los días caminaba cerca de las escaleras y antes de llegar a ellas escucho unas personas hablando en voz alta.

—“Aquí llegó una bisexual.” — dijo una muchacha en tono bajo.

—“Sí, que es nueva.” — continuaban susurrando.

—“¿Quién?” — preguntó mi amigo y cuando sube la cabeza lo primero que ve es a mí. Todos se pasmaron, y yo hice como si no hubiese sido conmigo, pero en realidad me dolió. Duele escuchar cuando te dicen: “Eres linda pero como te gustan las mujeres…” Los chicos me veían como objeto sexual, como la lotería. Como si yo fuese a hacer un “threesome” con alguno de ellos, que por supuesto que no.

En este caminar yo he pasado de todo un poco, y esto es apenas un breve resumen. Ya yo no soy la misma de hacen años, yo cambié. Para gloria de Jah estoy bastante feliz, agradecida por las cosas buenas que tengo y me han quitado. Por qué cada experiencia ha sido eso mismo, experiencia, pero para el futuro. No hay persona que no sepa más de humillaciones, insultos, bullying, baja autoestima,  rechazo e intentos suicidas y depresiones que yo. Yo viví en carne propia todo eso, y no es lo mismo leerlo que vivirlo. Por eso quizás soy como soy, quizás por eso no me abro mucho a las personas y no creo cuando alguien hace un buen gesto para mí. El primer factor es la presión de grupo. El segundo factor es la inseguridad y la baja autoestima. Yo gracias a Dios me recuperé y estoy bien. ¿Pero qué hubiese pasado si los intentos hubieran funcionado? No estaría viviendo nada de lo que vivo ahora. Por ello exhorto a todos los chicos a pensar y centrarse en una meta. Olvidarse de los amigos y el ambiente, estar firme en esa meta y no descarrilarse. Hagan oídos necios a esas palabras absurdas y a la presión de grupo. Ahora mismo yo me encuentro entre muchas presiones, pero hay que ser fuerte. Yo no te rechazaré por que seas trigueño, blanco, homosexual, lesbiana, verde, con cabello azul, dreadlocks, espejuelos o calvo. Agradezco a Dios por no ser adicta, no tener presión en esta etapa de mi vida por mis compañeros y poder tener esta experiencia que me ayudará en el futuro, porque sé que no he sido la única, ni lo seré.

Esta historia es verídica en su totalidad.

Primer personaje: Abby, en representación de Angélica D. Serrano Román.

Los nombres de las demás personas han sido cambiados por motivos de confidencialidad.

2015 ©Derechos Reservados de Sarcasmo Intelectual

PRONTO: Dos mil dieciséis. ¿Qué pasó con mi vida desde décimo grado hasta ahora? Ya lo sabrás, por que la historia no concluyó aquí. Espéralo en 2017.

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