Si separados caímos, como pueblo nos levantaremos — Alejandro Pagán

A cualquier persona que le preguntes si Puerto Rico es el mismo desde el paso del fenómeno atmosférico más fuerte y devastador que ha pasado por Puerto Rico, el huracán María, te diría que no. Un cambio drástico ha ocurrido en la vista puertorriqueña y no es fácil de ignorar. Sin mentirles, hemos viajado del siglo XXI al siglo XX… y cuidado que ni eso. La frase tan popular utilizada por la juventud “La noche en donde volvimos a ser gente”, pero en esta ocasión no fue una noche, sino un día completo. Veinticuatro horas o más de pura destrucción, pánico, miedo a lo desconocido y mucho más. Lo peor de María no fueron sus vientos, lluvias, truenos, o relámpago, fue lo que vino después. Entiéndase, escasez de gasolina, toque de queda, supermercados vacíos, las telecomunicaciones cayeron, pérdidas materiales y hasta la muerte ha tocado nuestra puerta delantera. Esto y mucho más ha sido parte de mi experiencia en el suroeste de mi Puerto Rico.

Nunca pensé que diría esto, pero nunca echen de menos el simple hecho de poder echar gasolina sin tener que hacer una fila kilométrica. No se lo deseo ni a mi peor enemigo. Se puede decir que hubo una escasez de gasolina al principio de todo esto, pero poco a poco ya los garajes han comenzado a operar. Ya en varias ocasiones mi familia ha tenido que gastar horas de su día en solo ir a llenar el tanque de nuestros vehículos. En una ocasión, hasta nos cerraron la fila en nuestra cara y tuvimos que suplicarle para que nos dejaran pasar. Llevábamos horas en la fila y era necesaria ya que mi padrastro trabaja con equipos médicos en hospitales en toda la isla. Nuestro esfuerzo no fue en vano y pudimos pasar, sin embargo, fue a la peor parte de todo diría yo. Pánico, alboroto y desesperación era lo que se encontraba en la gasolinera esa noche a las 6:50 p. m. Todo causado por el toque de queda que comenzaba a las 7:00 p. m. y terminaba a las 5:00 a. m. Nuestros días se convirtieron en semanas, mientras que nuestras noches eran una eternidad.

Teníamos que hacer fila en el supermercado, pero no era para pagar, sino para entrar. Comenzando nuestro transcurso por las góndolas y nuestras caras de asombro eran inexplicables. Las mismas que usualmente estaban repletas de artículos tan sencillos como galletas, brillaban por su ausencia. El área de carnes que era un arcoiris de colores rojos y ahora era un desierto. Solo se encontraba algún que otro bistec y carne molida. La imagen que tengo grabada en mi mente es una que nunca olvidaré. Todos caminábamos desesperados en busca de alimentos, con la angustia de que el dinero que teníamos en efectivo fuera.

Gondolas María

Gondolas en un supermercado de Mayagüez. Foto: AJPL

El latir de mi corazón subió, me sudaban las manos y todo fue por poder utilizar un dispositivo para hacer llamadas telefónicas y enviar mensajes de texto en el medio del valle de Lajas. El paso del huracán María dejó a mi Isla incomunicada por días. Solamente la señal de la compañía Claro funcionaba y para mi suerte, yo era de Sprint. Mi hermano y yo nos encontrábamos de camino hacia el apartamento de un familiar en Combate, Cabo Rojo, donde nos hemos estado quedando tras el paso el huracán y ese día, por una razón que todavía desconozco, decidimos tomar una ruta alterna. En el viaje vi personas estacionadas al lado de las carreteras hablando por el celular, por la situación en la que estamos tener señal es ganarse la lotería.

De milagro nos encontramos con un amigo de mi hermano y sin poder saludarnos correctamente, ya él me estaba pasando su celular porque necesitábamos realizar una llamada urgentemente. Nunca en mi vida me había sentido tan afortunado de poder escuchar a alguien hablar por el teléfono. Utilicé la señal debidamente, llamé a una tía que vive en Estados Unidos para notificarle que andábamos bien e intenté llamar amistades que tengo a través de todo Puerto Rico, pero las llamadas no salieron. Al reflexionar sobre la situación me dije que nunca debía olvidar cuán importante era poder comunicarme con mis seres más queridos y decirles cuánto los amaba y extrañaba. En el momento menos indicado, no tendrás comunicación y sentirás un vacío en tu alma.

Un día tocaron la puerta de mi familia, pregunté quién era y su respuesta era fría y pálida. “Adiós”, dijo la muerte. En un abrir y cerrar de ojos se llevó con ella la vida de un familiar. El 25 de septiembre de 2017 falleció mi tío, el esposo de una hermana de mi mamá. Indirectamente, el huracán era culpable de esta situación. Mi tía vivía en el barrio Maní en Mayagüez, uno de los sectores más afectados por el huracán, donde el mar entró a la comunidad y sus casas alcanzaron aproximadamente seis pies de agua. A consecuencia de ello, perdió su casa, la escuela donde era maestra por muchos años, y a su amado acompañante de la vida, su esposo. Él era paciente de diálisis y no fue a tratarse. A solo ocho días del fenómeno atmosférico me encontraba en un cementerio despidiéndome de una persona a la cual le llegó su tiempo muy temprano. María no solamente se llevó viviendas, techos, postes, árboles y tendido eléctrico, sino que nos privó de vidas, momentos y sonrisas. Este es solo uno de los casos de los miles que deben estar ocurriendo en Puerto Rico al momento.

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Mayagüez sintió los estragos de María. Foto: AJPL

Les cuento que este escrito fue redactado a solamente 9 días desde el huracán María y no me quiero imaginar todo lo que falta por vivir. Entre no tener servicio de agua potable, energía eléctrica, internet, y telecomunicación, lo único que podemos tener es fe, paciencia y consideración. No podemos perder algo tan sencillo como la fe. “Dios aprieta, pero no ahorca”, dice el refrán. Él no nos pondría en una situación que nosotros no podríamos responder y solucionar. A lo mejor nos pone retos en el camino para poder retroceder, ver lo que tenemos, reflexionar y dar gracias. La paciencia es la llave para no cundir en el pánico o la desesperación.

Puerto Rico no se levantará de la noche a la mañana y menos si lo hace una persona. Este es un trabajo colectivo. Como puertorriqueños tenemos que ayudarnos a nosotros mismos, abrir los pasos para que las ayudas lleguen a donde más se necesitan, brindarle ese plato de comida al vecino si no lo tiene, darle agua potable a un familiar en necesidad. Tu esfuerzo no será en vano. Seamos considerados en estos tiempos, pues todos estamos en el mismo barco, unos más que otros, pero estamos unidos. Necesitamos ser solidarios con el prójimo, no sabemos en qué situación ellos se encuentran. Para culminar, como dice la cita, “si cabe en tu mente, cabe en tu mundo”. Si podemos imaginarnos un Puerto Rico levantado otra vez en funcionamiento normal, podemos lograrlo sin dificultad alguna, porque si separados caímos, como pueblo nos levantaremos.

 

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Alejandro Javier es un personaje creado en tierra puertorriqueña, espectáculo viviente, y totalmente fuera de control.

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